Uno de los guardias de tráfico, que había tenido que atender minutos después de la tragedia a los familiares de uno de los que perdieron la vida, decidió emprender por su cuenta un pequeño estudio, sensibilizado por la estampa que vislumbraba. Durante los controles que realizaban hacía una sencilla pregunta a los conductores. “¿Qué ocurre si conduces después de haber consumido bebidas alcohólicas?”. Se encontró con dos tipos de respuesta:
El hecho de que 5 de los encuestados eligieran una del primer tipo entristeció al guardia. Pero supo contener su ímpetu y se limitó a enseñar a los electores de esa desafortunada opción fotografías de los accidentes ocurridos días antes explicando que ellos también eligieron esa respuesta. Ésta era: “no pasa nada, te sientes más seguro”.
El segundo tipo de respuesta fue el elegido por la mayoría de los encuestados. Hizo sentir satisfacción al guardia, al escuchar lo políticamente correcto. Ésta era: “no se debe, porque pierdes reflejos”.
Pero cuando estaba ya terminando las encuestas le sorprendió la respuesta de una joven universitaria. Era parecida a las del segundo tipo, pero mucho más profunda: “no lo se, yo cuando conduzco no pruebo ni gota de alcohol”. Esto hizo pensar mucho al guardia sobre la validez de la respuesta que él pensaba idónea, dándose cuenta de la diferencia entre la teoría y la práctica.
Tampoco perdió ocasión de consultar entre su familia la razón por la que se emborrachaban. Su hijo mayor, que lo había dejado hace poco con su pareja, dijo que para olvidar y evadirse de la realidad. Su hija contestó que porque todas sus amigas lo hacían. El pequeño, que lo hacía para divertirse. Ninguna respuesta le satisfizo. Le pareció muy triste que su hijo menor no supiera divertirse de otra forma y que su hija se dejara llevar por la masa y se preguntó en qué había fallado en su educación. En cuanto al mayor, que celebraba su cumpleaños en días venideros, trató de darle una lección que nunca olvidaría. Le regaló un buen libro de ciencia ficción. Ante la sorpresa y la indignación por ese presente que consideraba escaso, el padre le recordó la respuesta que le dio días antes, a lo que el joven no tuvo más remedio que esbozar una sonrisa.
La conclusión a la que llegó de todo esto es que la campaña de Tráfico con su famosa coletilla “si bebes, no conduzcas” estaba mal planteada. En este caso el orden de los factores sí afecta al producto. No es de recibo anteponer el beber al conducir Conduciendo puedes acceder a un lugar al que no podrías ir de otra manera. Beber… ¿qué ventajas puede tener? Y con mayor fuerza reafirmó este argumento viendo que los conductores bebidos que sufrieron los accidentes portaban a bordo de sus vehículos a otras personas y aún más, uno de ellos colisionó contra otro vehículo que circulaba correctamente por su carril. Quien quiera ser kamikaze allá él, pero que no ponga en peligro la vida de otros individuos.
Ya sabes amigo/a, si conduces, no bebas.




